Norah Lange: Señores, no esperen de mí un discurso serio

“Para ser seria tendría que estar aburrida, y para estar aburrida tendría que haberme quedado en casa”

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Norah Lange ocupó un rol central y disruptivo en la vanguardia literaria argentina. Su obra rompió con el modelo tradicional de la escritura femenina de la época, evolucionando desde la poesía del movimiento ultraísta hacia una prosa profundamente psicológica, fragmentaria y experimental.

 

Su debut poético con La calle de la tarde (1925) —que incluyó un prólogo de Jorge Luis Borges que pueden leer al final de la nota— estuvo marcado por el uso libre de la metáfora, la eliminación de adornos y el juego con las percepciones de la ciudad. El ultraísmo de los años 20 buscaba eliminar el adorno modernista para dejar la metáfora al desnudo.

Fue la primera mujer en consolidar una prosa de avanzada en Argentina. Novelas como Personas en la sala (1950) y sus memorias de infancia, Cuadernos de infancia (1937), muestran un estilo sofisticado, extraño y repleto de imágenes inquietantes, un poco alucinadas.

Sustituyó el sentimentalismo de la época por atmósferas opresivas; la exploración del voyerismo, esta vez protagonizado por una mujer, sacando todo el tinte erótico que tenía hasta el momento; el fragmentarismo del recuerdo, la ambigüedad y la reclusión doméstica.

 

Participó de manera muy activa en la fundación y contenido de las revistas clave de la renovación estética de los años veinte, como la revista mural Prisma y la icónica revista Proa.

Integró formalmente el llamado grupo de Florida, que priorizaba la renovación lingüística y formal frente a la preocupación social del rival grupo de Boedo.

Lejos de ser sólo una "musa" silenciosa o una espectadora pasiva, las tertulias organizadas en su casa familiar de la calle Tronador (Belgrano) eran el epicentro de la modernidad. Destacaba allí como una excepcional oradora, sus discursos desinhibidos e irónicos eran tan célebres que luego los recopiló en su libro Discursos (1942). Ella misma contaba que subía al techo de su casa y lanzaba ladrillos para llamar la atención de sus vecinos, una vez que lo lograba, recitaba poesía o daba alguno de sus discursos que nunca eran improvisados.

 

Compartió camino con las figuras más notables de la literatura nacional: fue iniciada por Borges, inspiró el personaje de Solveig Amundsen en la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, y finalmente formó una de las parejas creativas más luminosas del momento al casarse con el poeta Oliverio Girondo.

 

Cuando tenía apenas veinte años publicó La calle de la tarde, un poemario despojado de rimas cuya publicación fue bendecida por Jorge Luis. La tapa incluyó un grabado de Norah Borges.

A diferencia de otros poetas que le escribían al progreso de Buenos Aires (los de Boedo, por ejemplo), Lange construyó su poética desde una mirada más íntima. La tarde, el poniente, las calles de barrio, los umbrales de las casas. Usaba elementos urbanos como disparadores del ánimo.

Manejaba las pausas y el ritmo en el verso libre para simular la respiración, el titubeo o la caminata. El tono de su primera poesía es más bien de lamento o pérdida, pero sostenido por una sobriedad que evita el sentimentalismo del siglo anterior.

Este libro es el punto de partida de una poética personalísima que luego se trasladará a su prosa experimental. Al leerlo es fácil entender de dónde salió la atmósfera de sus novelas. La sensibilidad, el misterio y esa forma tan única de mirar lo cotidiano.

 

Algunos poemas

 

En nuestros labios quisieron enarbolarse como ponientes los gritos.

Luego los horizontes se romperán como cuerdas y mi

corazón vendrá a mí de nuevo.

 

Mi corazón ¡tantas veces ido!

 

*

 

Los brazos del sauce llorón

             son serpentinas malgastadas.

El viento simula arpegios

         jirones de música entrecortada.

El véspero anuncia la noche

mientras en otro horizonte

                       el sol delira…

 

 

El sol riela

   hacia la momentánea herida

de un horizonte ruborizado.

     Los crisantemos duermen

enfermos de romanticismo

y la claridad se arrastra

sonámbula

en un jardín con sueño.

 

*

 

Un tren sonámbulo

                palpando distancias.

La luna se acuesta

                                humilde

                                   en el lago.

La soledad palpita

               bajo mis manos.

En el agua un mechón de luz se arrastra.

Lejos-distraído

                el sol derrumba las tardes.

Mis pasos tropiezan en el silencio

               y todo muere

                            menos mi espera…  

 

Por qué vale la pena rescatar este poemario hoy, porque no es una reliquia para nostálgicos de los años 20. Es poesía viva, cortita, que se lee de un tirón y que te deja flotando en esa luz roja de la tarde de Buenos Aires que Norah miraba hace un siglo.

 

La misma Norah, en realidad se llamaba Berta Nora Lange y Guillermo de Torre le sugirió volar el primer nombre y agregarle una h al segundo: "es como un penacho que da más realce a las dos sílabas insignificantes", que se lee en estos versos con cierta inocencia, era la única mujer que se sentaba a la mesa del grupo Martín Fierro. Utilizaba los banquetes para satirizar el ego de los escritores varones. En lugar de elogios acartonados, lanzaba dardos cargados de humor negro y absurdo. Lo fascinante de estas piezas es que no eran improvisaciones. Norah pasaba días escribiendo y puliendo cada remate, cada pausa y cada ironía. Eran textos tan elaborados artísticamente que la crítica los celebró como "espíritus puros" de la vanguardia de la época.

 

Sé perfectamente que, para un hombre, pocas cosas hay tan dudosas como el talento de una mujer, a menos que se trate de su propia madre, caso en el cual el talento se confunde con la santidad...

 

 

 

Prólogo de la edición de La calle de la tarde (Samet, 1924) 

 

Las noches y los días de Norah Lange son remansados y lucientes en una quinta que no demarcaré con mentirosa precisión topográfica y de la que me basta señalar que está en la hondura de la tarde, junto a esas calles grandes con las cuales es piadoso el último sol y en que el apagado ladrillo de las altas aceras es un trasunto del poniente cuya luz es como una fiesta pobre para los terrenos finales. En esos aledaños conocí a Norah, preclara por el doble resplandor de sus crenchas y de su altiva juventud, leve sobre la tierra. Leve y altiva y fervorosa como bandera que se cumple en el viento, era también su alma. En ese tibio ayer, que tres años prolijos no han empañado, amanecía el ultraísmo en tierras de América y su voluntad de renuevo que fue traviesa y novelera en Sevilla, resonó fiel y apasionada en nosotros. Aquélla fue la época de Prisma, la hoja mural que dio a las ciegas paredes y a las hornacinas baldías una videncia transitoria y cuya claridad sobre las casas era ventana abierta frente a la resignada costumbre, y de Proa, cuyas tres hojas se dejaban abrir como ese triple espejo que hace movediza y variada la inmóvil gracia del rostro que refleja. Para nuestro sentir los versos contemporáneos eran inútiles como incantaciones gastadas y nos urgía la ambición de una lírica nueva. Hartos estábamos de la insolencia de palabras y de la musical imprecisión que los poetas del 900 amaron y solicitamos un arte impar y eficaz en que la hermosura fuese innegable como la alacridad que el mes de octubre insta en la carne y en la tierra. Ejercimos la imagen, la sentencia, el epíteto, rápidamente compendiosos. Y en esa iniciación advino a nuestra fraternidad Norah Lange y escuchamos sus versos, conmovedores como latidos, y vimos que su voz era semejante a un arco que lograba siempre la pieza y que la pieza era una estrella. ¡Cuánta limpia eficacia en esos versos de chica de quince años! En ellos resplandecen dos distinciones: cronológica y propia de nuestro tiempo la una y misteriosamente individual la segunda. La primera es la noble prodigalidad de metáforas que ilustra las estancias y cuyo encuentro de afinidades imprevisibles justifica la evocación de las grandes fiestas de imágenes que hay en la prosa de Cansinos Assens y la de los escaldas medievales —¿no es Norah, acaso, de raigambre noruega?— que apodaban a los navíos potros del mar y a la sangre, agua de la espada. La segunda es la parvedad de cada poesía, parvedad justa y esencial cuya estirpe más fácil está en las coplas que han brotado a la vera de la guitarra antigua y resurgen hoy junto al pozo, también oscuro y fresco y dolorido, de la guitarra patria.

El tema es el amor: la expectativa ahondada del sentir que hace de nuestras almas cosas desgarradas y ansiosas, como los dardos en el aire, ávidos de su herida. Ese anhelo inicial informa en ella las visiones del mundo y le hace traducir el horizonte en grito alargado y la noche en plegaria y la sucesión de días claros en un rosario lento. Tropos que he sopesado en mi soledad, por caminatas y sosiego, y que me parecen verídicos.

Con enhiesta esperanza, con generosidad de lejanías, con arcilla frágil de ocasos, ha modelado Norah este libro. Quiero que mis palabras encareciéndola sean como las hogueras de cedro que alegraban en una fiesta bíblica las atentas colinas y que presagiaban a los hombres la luna nueva.

JORGE LUIS BORGES

 

Un cruce literario hermoso.

 

Dana Babic
Fecha4/9/2026
Tiempo de lectura1 min
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