25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh busca un buzón de correos en Plaza Constitución. Camina por la calle de igual nombre. Llega hasta la avenida Entre Ríos. Trece horas, tiene tiempo (ese hilo viejo y podrido). Palpa el arma, cruza y entra a la dependencia municipal. Ignora que lo aguardan tres mujeres que le expondrán su vida. Tal lo imaginó Alberto Cisnero para “La biblioteca. Walsh en San Cristóbal”.
Los falsos conflictos de una época pergeñan marbetes que luego se repiten sin cesar. Uno de los más virales: la nominación (ufana y oficinesca) de quiénes son los intelectuales comprometidos. El buenismo erudito que sigue inventando la rueda y se halla siempre en lo cierto quiere a algunos escritores en la escena del crimen; ya como hermano, ya como guardián del hermano. Walsh nunca se dejó.
La denuncia explícita fue su extremo. De acuerdo a esa operación definió qué procedimientos retóricos emplearía. No optó por determinado tipo de literatura destinada a sectores recoletos (la papa pisada). En el teatro, la ficción, la prensa diaria y las cartas públicas, Walsh manifiesta un sentido claro en función de sus diversos interlocutores; será el desocupado lector quien receptará (obviará o denostará) su práctica interpelativa del Poder: escribir, correr un riesgo físico, jamás un mero jobi cerrado sobre sí mismo.
Si algo nos enseñó la historia argentina es que se puede citar a cualquiera; estamos condenados a recurrir a las palabras, y por ende a los actos, porque la palabra supone la experiencia. En esa pequeña digresión todavía reside la diferencia del mundo.
Personajes
Walsh (Esteban; Ismael; Rodolfo), 50 años
María Eugenia, alrededor de los 38 años
La Gringa, 45 años aproximadamente
La Directora, sobre los 55 años
Primer Acto
Voz en off: “25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh busca un buzón de correos en Plaza Constitución. Camina por la calle de igual nombre. Llega hasta la avenida Entre Ríos. Trece horas, tiene tiempo (ese hilo viejo y podrido). Palpa el arma, cruza e ingresa a la dependencia municipal”.
Se lee “Biblioteca” en una placa que cuelga de la pared; hay un escritorio metálico, arriba una franela y un cuaderno de firmas; una silla, un cesto de basura; al fondo, una escalera y un busto sobre un pedestal. María peina el rodete y el flequillo. Rodea su cuello una cadenita plateada con un colgante. Porta delantal azul, pantalón gris y zapatillas rojas. Esteban viste guayabera de color beige con tres bolsillos, pantalón marrón, sombrero de paja, zapatos de cuero, anteojos y lleva consigo un portafolio negro. Su paso es mesurado. Coteja el reloj. Se detiene frente al escritorio. Mira en redor)
MARÍA (sentada. Revisa papeles. Alza la vista. Voz vibrante).—Buen día ¿o dormimos juntos?
ESTEBAN.—Días. Un caballero no tiene memoria. (Se saca el sombrero. Saluda inclinando la cabeza. Vuelve a ponérselo)
MARÍA.—Ajá. ¿Es socio de la biblioteca? No creo haberlo visto antes.
ESTEBAN.—Acierta. Supongamos que me llamo Esteban, a fin de cuentas, qué importancia puede tener. (Sonríe)
MARÍA (extiende una planilla).—¿Nuevo en el barrio? Debe registrarse, completar el formulario y anotar su número de cédula. Gracias.
ESTEBAN (apoya el portafolio en el piso. Se seca la frente con un pañuelo).—Vivo en la provincia. Nací en un pueblo que se llama, traducido al correcto castellano, corazón de palo.
MARÍA.—Corazón de palo... lindo nombre para un partido político. O para un trago. A la larga ambos te perjudican las tripas.
ESTEBAN (señala el cartel).—Leí “Biblioteca” y entré. (Carraspea) Por algún motivo pensé que es improbable que la policía lo persiga a uno en un lugar como este. Hoy me tocó hacer la noble labor de empleado de correo.
MARÍA (observa su calzado. Voz neutra).—Acá vienen poco los carteros. Salvo algunos empleados del ministerio o milicos que usan el baño.
ESTEBAN (busca un cartel que indique “Baños”).—Es lo que abunda. Empleados del misterio más bien.
MARÍA (desconfiada. Golpetea con la birome el escritorio).—Usted lo ha dicho. Usualmente vienen después de sestear, es el primer cliente del día.
ESTEBAN (firma).—¿Y usted se llama…?
MARÍA.—María Eugenia. (Se acomoda el rodete) Todos me conocen por el nombre de pila, no sé por qué le dije el compuesto.
ESTEBAN.—Eugenia (Hace una pausa), bien nacida viene significando. Hay quienes aseguran que un nombre implica un destino.
MARÍA.—Uso el primero nomás como otras usan el apellido de casadas. (Sarcástica. Antebrazos sobre el escritorio) Supongo que son formas de evadirse de algo: un anillo, una medalla, una cadena (Toca su colgante). Soy lectora, algo que no abunda, y entonces me desquito.
ESTEBAN.—La gente se cansa y luego se casa, eso ocurre, María a secas. ¿Qué lee para desquitarse?
MARÍA (vivaz. Cruza los brazos).—Un poco de todo, novelas, cuentos... Poesía no. Es suficiente con saber que hay que morirse un poco cada día.
ESTEBAN.—Esos que insisten en que se lea poesía y esto y lo otro son el correveidile de la taquería mojigata. Que cada cual lea lo que guste. Suficiente con que tantos publiquen sus libros. Y los firmen.
MARÍA.—Justo estoy leyendo a un autor que la palmó luego de escupir sangre varios años. (Acomoda el formulario)
ESTEBAN.—Pero qué constancia. Es mejor que el agua coloreada de los literatos actuales. Dan más ganas de premiarlos que de leerlos.
MARÍA.—Él escribió cartas a una dama esperando una respuesta positiva. Obtuvo silencio. (Gesto de incomprensión) Un redactor de sórdidas pesadillas, así lo llamó cierto inglés desapasionado. Me acompaña durante las horas de trabajo.
ESTEBAN (pone una mano bajo el mentón).—Ingleses desapasionados o mentecatos cajetillas. Terminan mal.
MARÍA (lo inspecciona).—En otro orden: ¿por qué mencionó a la policía? ¿A usted lo persiguen? ¿A quién mató?
ESTEBAN (examina el techo. Recoge el portafolio. Saca un libro blanco).—No es necesario haber matado a cristiano alguno para que te persigan, maldigan o designen ministro. (Mira hacia la puerta)
MARÍA (lo señala).—¿Pero mató o no mató?
ESTEBAN (abre el libro. Lo sostiene frente a su cara. Camina en círculos.).— En este país nadie mata seres humanos, solo enemigos. “Este país”, distancia militar, decía mi padre. Era irlandés. (Se acerca)
MARÍA.—¿Irlandés? De cualquier manera está en lo cierto: criminales o no, el mundo se encargará de romperte el corazón. (Acomoda su flequillo)
ESTEBAN (deja el libro sobre el escritorio).—Sí, irlandés en el exilio, una forma de serlo. Hablaba un idioma distinto, pero acá comía. Dios envió la peste e Inglaterra causó la hambruna.
MARÍA (mueca de desdén).—Acá para comer bien hay que ayunar tres veces al día.
ESTEBAN.—Dio fetente. Siempre hay una isla a la que se anhela regresar. (Cuenta con los dedos) Casa, Cristo, Cerveza, Santos y Sabios. Varían los nombres.
MARÍA.—Y sí, muchos sueñan con islas y terminan absorbidos por la historia.
ESTEBAN.—No sé si es peor que sorbidos por la histeria. Depende del estado civil o patrimonial.
MARÍA (se incorpora).—Le cuento: mi abuela también era irlandesa. Insistía en hablar de los frailecillos. (Pone la diestra sobre el pecho. Lo señala con la cadena) Un ave de mar abierto que solo visita la costa para criar.
ESTEBAN.—Mire usted, son varias las coincidencias. Algunos desastres también son una suma de ellas.
MARÍA.—Así parece. En nuestro caso, solo mis primos salieron rubios de ojos claros. Los demás todos españoles morochos como mi abuelo. Una repite lo que oyó. Por vía paterna solo sé que mi nona era cordobesa. (Toma la franela. La sacude) Vivía en Santiago del Estero. Pero bueno, no voy a enumerarle mi árbol genealógico.
ESTEBAN.—No tenga cuidado, descendemos del mono y los milicos de las jaulas, naturalmente.
MARÍA.—O más bien somos la erosión de la especie. Si el mono hablara se haría la venia. También conocida como la del mono.
ESTEBAN.—María, ¿se dio cuenta de que en la ciudad no se oyen las aves? (Se pasea. Toca una de sus orejas como si intentara escuchar algo) Cada vez que pienso en ello, digo (Con voz aguda) benteveo.
MARÍA (tararea).—Benteveooo.
ESTEBAN.—Siendo niño, con serena perfidia, ultimé uno. Era apenas un niño. (Señala con la mano una baja estatura). Sentí algo parecido al frío, un breve contacto con el viento, una inquietud evasiva. Mi propia respiración. (Camina hacia el busto. Se detiene. Agacha la cabeza)
MARÍA (toma el trapo. Va hacia el busto. Lo lustra).—Quédese tranquilo. Un recuerdo, una llamada telefónica y un abogado no se le niega a nadie. (Continúa puliendo) Sin pájaros esta viña es un hermoso sepulcro para el corazón humano.
ESTEBAN (se aparta del bronce).—Le agradezco sus palabras. Hace mucho tiempo pude tener otra vida pero me tocó vivir esta. Y es la única que voy a perder algún día en un futuro sin fecha. (Irónico) Frailecillos o Benteveos, el pasado es más grande que sus consecuencias.
MARÍA.—Podemos añadir a los curas, otros proclives a los pajaritos. (Repasa con ahínco la nariz del prócer) Las plumas, ay… me dan resquemor. (Gesto de nerviosismo)
ESTEBAN.—El día que tengamos un papa argentino se acabarán estos enredos malditos. Que rima con pajaritos. Y con desatino. Y con usucapa.
MARÍA.—Ya que alude al obispo de Roma, tengo entendido que las aves en el plano de las ideas representan vida y promesa. (Silencio. Le dirige la mirada) Es como afirmar científicamente que alguien gusta de una. (Mueca de resignación. Voz ofuscada. Esteban se acerca)
ESTEBAN (acaricia la testa del prócer. Camina de un lado a otro).—¿Sabe? Mi padre, católico profesional, fue mayordomo en una estancia repleta de ovejas. La libra de carne argenta. (Mano en el pecho. Avanza hacia el público)
MARÍA.—Que será cortada y tomada…
ESTEBAN.—Eso fue hace mucho tiempo. En verdad, no sé si llegué a conocerlo ni cuánto se llega a conocer a nadie. (Gesto de interrogación con los brazos) Fue mi padre, un buen hombre; el resto lo olvidé, o mejor aún, debí inventarlo.
MARÍA.—Generalmente se los soporta. O se concurre al psicólogo.

Alberto Cisnero (La Matanza, 1975)
Publicó: El límite de la materia (Ruinas Circulares, 2012) y otros libros.
Publicará: en 2027 Este libro es para vos; en 2028 Recuerda esa palabra; en 2029 La ninfa huye; en 2030 Fierro y así sucesivamente. Vivo o muerto.
Ajab (Barnacle, 2016): obtuvo una mención en los “Premios Nacionales de Poesía 2015 / 2018”.
Mil brillos apagados (Barnacle, 2024): en 2008 el libro resultó finalista del Concurso de Poesía Olga Orozco cuyo jurado estuvo integrado por Gonzalo Rojas, Antonio Gamoneda y Juan Gelman, poetas galardonados con el Premio Cervantes de la Lengua.
Integra las antologías: La nación generosa: 111 rutas al otro lado del mar (La Gaya Ciencia, Murcia, 2015); La carta perdida II (Arta-Fundación Andreani, Buenos Aires, 2022); El silencio organizado: poesía argentina contemporánea y sus consecuencias prácticas (Colección Sur, La Habana, 2024); Toda poesía es hostil al anarcocapitalismo (Askasis, Valparaíso, 2024); Poesía argentina del siglo XXI (Clara Beter, Buenos Aires, 2025); y Águila y sol / Sol y águila. Antología de poesía contemporánea mexicana y argentina (Comma, Ciudad de México, 2025).
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