Le van a romper la cara y él va a estar de acuerdo. Ese día, médicos, cirujanos y una odontóloga le van a martillar la cara. Dicen “ya es urgente”; sus huesos no funcionan bien en esas partes que abren y cierran. Dicen también que algo no anda bien con sus dientes. Y no es solo estética, dicen, aunque eso también te va a ayudar mucho, acá lo que importa es tu salud.
Por su salud, entonces, van a martillar su cara y después se la van a volver a pegar. Van a juntar sus huesos como rompecabezas. Quizás piensen en combinaciones; esperan no confundir el mar con el cielo. Quizás jueguen a ser Dios.
Y le van a dejar otra cara; una mejor, una más armónica dijeron, una más normal.
Y no la va a poder devolver.
Va a tener que decir “yo” y creer en el personaje con la misma certeza que tiene alguien en estado de pánico: primero de que va a morir; segundo de que no va a morir porque aún respira.
Va a tener que creer en esa palabra: “yo”, como se cree en un artificio. Va a tener que creer en esa palabra igual que se cree en Dios.
Dicen que no va a poder hablar, ni comer, ni fumar, que todo ese volcán puede explotar para adentro pero no hay que asustarse, mi vida, todo se pasa. Vendado en un hospital, va a ver reducido el mundo a una pajita. Que no es hora de verse al espejo, que el dolor es algo subjetivo. Esperemos que el cerebro no se acostumbre a percibir el rostro como un depósito de todas esas cosas para las que no hay calmante. No, no hay.
Mirando la tele puede sentir cómo su cuerpo lentamente va tomando la forma de cosas esponjosas. Es posible que, pronto, alguien lo confunda con un almohadón más del sofá. Piensa en los pulpos: mutar de apariencia solo por diversión o supervivencia. Los pulpos no necesitan martillos. Nacer pulpo es de inteligente. A él le tocaron otras cosas: un rostro dado al nacer, un nombre, una familia, un accidente en bicicleta y cómo dejaron a ese chico andar solo a esa hora, agradezcan que está vivo.
Piensa: las cosas dadas al nacer también se pierden o te las arrebatan.
Quizás, cuando ella vuelva de trabajar y diga mi amor ya llegué, te traje yogurt, el sólo gruña o musite algo como: otra vez yogurt, otra vez helado, otra vez toda esta mierda.
Quizás ella no lo vea, quizás solo perciba la sombra de algo amontonado.
Quizás quiera preguntar dónde estás. Quizás no se atreva a hacer esa pregunta.
Quizás tenga miedo de la respuesta.
Repasan una y otra vez esa decisión que tomaron entre los dos: era lo mejor, claro que era lo mejor. Sabíamos que iba a ser difícil, mi amor, lo dijo el médico. Y nosotros somos fuertes, estamos bien, nos amamos, vamos a superar esto como tantas otras cosas. No creo que exista un dolor que no pase. Ella dice eso y sabe que miente, sabe que no lo hace con esa intención, es que no tiene idea del dolor. A ella le tocaron asignaciones de otro tipo: un rostro normal dentro de una familia normal. Una casa, puerta marrón, dos ventanas, madre, padre, hermano mayor y un perro, alguna vez un gato, hace mucho un canario.
Los dos le temen al momento de las vendas, a la inflamación cediendo, al momento en el que los moretones desaparezcan y el cirujano retire los puntos diciendo “una obra maestra”.
Él nunca pensó en que sería testigo de esta especie de muerte propia. Muerte y nacimiento. Algunos jugarán a ser Dios y a él le tocará jugar a ser Jesucristo.
¿Y si este nuevo ser no le gusta?
¿Cuánto de todo eso que él llamaba “yo” estaba en esa parte de su cuerpo? ¿Cuántas cosas desaparecerán con el nuevo orden de los pedazos y cuántas otras emergerán, nuevas, sintiendo que es legítimo tomar su lugar en el juego de las identidades? Nunca pensó ser un extraño de sí mismo.
Ella le teme a su optimismo o bien a que su optimismo se encuentre puesto a prueba y que todas sus ideas de futuro se desplomen junto con la caída de cada una de esas vendas. Y también teme que no sea suficiente repetir: vamos a estar bien, vamos a estar bien. ¿Qué es estar bien? ¿Y si ese estar bien no la incluye a ella? ¿Y si a ese nuevo ser que prometen los médicos no le gusta el nosotros que ellos son? ¿Y si él se vuelve un hombre hermoso, armónico, tan normal que ya no le gusten las chicas normales? Nunca lo dijo en voz alta, y si lo pensó, lo pensó en voz baja: la desproporción del rostro de él la hacía sentir segura.
A veces sucede algo nuevo, inesperado. Este instante, por ejemplo. De pronto, todas las cosas que eran de una manera, tienen que moverse y hacerle lugar a algo. Algo, una cosa todavía sin nombre ni forma. Y entonces se ordenan, se desplazan, cosas sutiles, pequeñas.
Ella asume nuevas tareas y ya no es solo el trabajo.
Otras veces, la vida es como un gran teatro y si una solo pudiera sentarse y mirar, mirar de afuera, como espiar la vida de otro y ver cómo, tan despacio, algo, la vida, comienza a ser otra cosa.
Y no son solo las cosas de la casa, esa que dividieron para ser más justos, y que ahora tiene que hacer sola, ni las mascotas, ni esos pequeños detalles que ella siempre tuvo con él, esas cosas del amor y la pareja. Ahora ella tiene algo más, y no sabe si por momentos es madre o enfermera, pero él la necesita más que nunca, la necesita para todo como un bebé. Ella lo alimenta, lo baña, lo limpia, cuida sus heridas, mantiene el ritmo de los medicamentos. Es la que dice ahora te toca un calmante, o todavía no, hay que esperar un poco.
Ella siente en sus manos, no, en sus manos no, en todo su cuerpo, algo distinto. Seguramente haya dicho algo así como: al final soy más fuerte de lo que pensaba.
Y cuando él, cansado de pedirle cosas (porque pedir lo que sea es demasiado, y como para, al menos aliviar algo, aunque no sabe qué cosa estaría aliviando) dice “uy, mi amor, perdón, seguro estás muy cansada”, ella responde “No, para nada. No sé, no estoy cansada.” Mientras, piensa en que él podría seguir mucho tiempo así, y en que es posible que ella no quiera que él deje las vendas. Tal vez le quede como una discapacidad, o algo así como debilidad en alguna parte de su cuerpo, un cansancio al menos, o una tristeza. Una tristeza estaría bien, o acaso otra operación, algo que a los médicos les parezca que hay que corregir. No sé, otra parte de la cabeza o del cuello. El cuello es muy delicado.
Y entonces él necesite más tiempo de esto, de cosas así, y ella pueda, sí, sentirse una mujer verdadera.
Natalia Milocco
Nació en Sastre (Santa Fe) en 1981. Psicóloga egresada de la Universidad Nacional de Rosario. Diplomada en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero en 2023. Estudió Expresión Corporal y Teatro en Rosario y Buenos Aires. Fue finalista del Premio Nacional cuentos de amor “Silvina Ocampo” de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno y el Museo del Libro y de la Lengua (2021), por su cuento “Irse de esa manera”. Recibió mención por su cuento “Amamos tanto a Memé” en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, Cuba (2022). Publica en el suplemento Rosario/12 (Página/12), así como en antologías de Argentina y Cuba.


