En una mañana fría de julio, José esperaba a su padre en el puerto de Buenos Aires. La niebla cubría las aguas marrones del Río de la Plata. El sol asomaba en el horizonte como acariciando la ciudad por la espalda. A su lado había familias que también esperaban a alguien. Unos niños hablaban en una lengua extranjera. Jugaban chocando sus manos y reían distraídos de la espera. José calentaba sus dedos escondidos en los bolsillos de su saco gris. El alero de su sombrero negro cubría la visión del cielo mientras buscaba un punto indivisible en la otra orilla.
Hacía cinco años que no veía a su padre. José había emigrado a Argentina con su tío cuando tenía quince años. Sus padres decidieron enviarlo a Sudamérica para ahorrar un plato de comida y explorar la opción de vida al otro lado del océano. Su padre se había quedado trabajando en el campo con la ayuda de sus tres hijas menores. Él era el encargado de arar la parcela de tierra que tenían. Las hijas alimentaban a los cerdos y limpiaban los corrales. Marla, la madre, se encargaba de cocinar, lavar la ropa y limpiar la casa.
Después de varias horas de espera divisaron una mancha roja en el horizonte. Los niños y las familias festejaron con gritos de alegría. José se frotó las manos, se sacó el sombrero y sintió el calor del sol en su cabeza. Su estómago estaba vacío y fue a comprar un sándwich de chorizo en el puesto de comida que humeaba y olía a carne.
Dos horas más tarde, el barco “La Esperanza” estaba amarrado y los pasajeros bajaban, cansados, por el puente. José intentó recordar la cara de su padre que se desdibujaba en su memoria. Sólo recordaba sus ojos y la mandíbula pronunciada. Vio a su lado a las familias abrazándose, sonriendo y llorando. Creyó reconocerlo tras una larga fila. Cargaba una valija pequeña de cuero. José lo vio acercarse entre en la multitud. Traía el nombre cocido en el saco: “Antonio”. José lo abrazó fuerte y notó los brazos de su padre, que correspondían dubitativos a su abrazo.
—¡Padre, qué gusto verlo! ¿Cómo estuvo el viaje?
—Bien, bien, pero cansador.
Fue lo único que dijo. José no percibió mayor emoción en su rostro. Su padre siempre había sido un hombre hosco y hermético, pero no esperaba que, en ese encuentro, después de tantos años, estuviese tan apagado.
Tomaron el tranvía hacia la pensión. José ya había arreglado con la dueña del conventillo para que le alquilara un cuarto extra para su padre. Pagaría hasta que su padre consiguiera un cuarto por su cuenta. La habitación tenía una ventana que daba al patio interior donde florecían algunos malvones rojos en grandes macetas cubiertas de musgo. Su padre le pidió que cerrara la ventana, le dijo que necesitaba tranquilidad para descansar del viaje.
Allí lo dejó hasta la mañana siguiente. Ofelia, la encargada del conventillo, les preparó dos cafés con leche y rodajas de pan con manteca para desayunar. Después, José ayudó a su padre a sacar la ropa de su valija y escoger el pantalón y la camisa que se pondría esa mañana. Le avisó que se iría a trabajar al almacén y que volvería después de las siete de la tarde. Su padre sonrió y lo saludó con una mano. José lo abrazó y le dijo:
—Qué gusto tenerlo aquí, padre. Todavía no lo puedo creer.
Su padre sonrió, pero no dijo nada. Cuando se soltó del abrazo, miró a las flores de los malvones y comentó:
—Qué bellas flores.
Pasaron los días. José iba a trabajar por las mañanas temprano. Durante el desayuno, su padre contaba los lunares rojos del mantel con una mano mientras con la otra alzaba la taza de café. Ofelia lo cuidaba durante el día.
Cuando José volvía del trabajo, Ofelia le contaba que su padre pasaba las mañanas dando vueltas a la manzana y que por las tardes se acostaba a dormir la siesta y escuchar la radio.
Un domingo de otoño por la mañana fueron a misa. José se puso su mejor camisa y le prestó otra a su padre que tenía la misma talla. Le puso la colonia que usaba en el trabajo. Se sentaron en el último banco mientras sonaban las canciones en el órgano de la iglesia de San Telmo. A la salida de la iglesia, muchos se acercaron a saludarlos y se presentaron con José. Lo conocían a Antonio de sus caminatas matinales. Le decían que tenía un padre muy bueno mientras lo miraban con una sonrisa condescendiente.
Antes de volver al conventillo, fueron a dar una vuelta por el Parque Lezama. Antonio se detuvo ante la escultura de Rómulo y Remo, sonrió por primera vez, señaló la escultura y dijo: «Qué interesante, ¿no?». Fueron a comer algo al Bar Británico. A la vuelta, su padre comenzó a encorvarse; caminaba junto a José con la mirada puesta en las baldosas que contaba en voz baja. Su espalda se fue arqueando cada vez más hasta que llegaron al conventillo. Se echaron a dormir la siesta con el fondo de las campanas de la iglesia y el vocerío de los niños jugando en el patio.
Al lunes siguiente, José fue a trabajar con bufanda y guantes. Comenzaba el invierno en Buenos Aires. Su padre todavía dormía cuando partió. Cuando regresó, a las seis de la tarde, Ofelia lloraba sentada en una silla en el patio rodeada de otros inquilinos. Al verlo llegar le dijo con un llanto de angustia:
—Se fue, Antonio se fue a la mañana y no volvió. Lo perdimos.
Enseguida los inquilinos de la pensión, dirigidos por Ofelia, se organizaron para salir a buscar a Antonio. Unos irían a la iglesia, otros al Parque Lezama y otros al Bar Británico. Los tres lugares que Antonio frecuentaba. Luis iría a deambular por la zona para ver si lo encontraba. Acordaron volver antes del anochecer.
José bajó por la calle Brasil. Pasó por la catedral ortodoxa rusa. Se persignó como esperando un milagro. Imaginó escenarios de lo que podría pasarle a su padre. Pensó en los hospitales que tendría que visitar o en la comisaría donde tendría que ir al día siguiente a reportarlo como perdido. Trataba de evitar pensar lo peor. Siguió caminando hacia el puerto. El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios. Llegó a la costanera y miró hacia el río, como preguntándole por su padre. Vio escombros y restos de chatarra de barcos hundidos en el agua. Siguió rumbo a las dársenas del puerto. Apuró el paso, casi no había gente. Llegó a una de las grúas del puerto y ahí lo vio, sentado, al lado de una balanza. Tenía un bolso de cuero colgado del hombro y miraba el agua. Se acercó y le dijo:
—Padre, ¿qué hace aquí? Se está haciendo tarde. Volvamos a la pensión.
Su padre lo miró con una mirada perdida y le dijo:
—¿Quién es usted? Estoy esperando mi barco de regreso.
José lo miró extrañado y comprendió. Le explicó que el barco estaba demorado y que llegaría al día siguiente. Entonces le ofreció acompañarlo de regreso a la pensión. En el camino de vuelta, Antonio le preguntó su nombre, edad y a qué se dedicaba. Luego le dijo que le veía cara familiar.
Jaime Francisco Matorras
Nació en la ciudad de Salta en 1979. Desde la adolescencia escribe poemas, cuentos y diarios. Se recibió como psicólogo en la Universidad de Buenos Aires. Desde el año 2004 reside en Boston, Estados Unidos. Publicó los poemarios Arboledas migrantes (Halley Ediciones, 2022) y Gorriones (La Gran Nilson). Sus poemas fueron publicados en la antología Massachusetts Bards Poetry Anthology 2024 y en la revista Circunference. También escribe cuentos y relatos. Es cofundador, coconductor y productor del podcast Mamushkos.


