Diego Aszenberg despliega en su primer libro una mirada sensible sobre el cruce entre niñez y adultez, donde la literatura se convierte en refugio y punto de fuga. Álbum de crecimiento reúne cuentos que funcionan como haikus, fotografías de la naturaleza de los personajes en ese momento exacto en que algo se quiebra para siempre.
Hay una pregunta que sobrevuela los cuentos de Álbum de crecimiento, el primer libro de Diego Aszenberg, publicado por Nido de Vacas: ¿qué ven los adultos cuando miran a los niños, y qué ven los niños cuando devuelven esa mirada? La respuesta, por supuesto, no es única ni lineal. El autor prefiere habitar el misterio.
Aszenberg viene explorando el tema del crecimiento desde sus primeras incursiones en el cuento. "Creo que si hay un tema que me convoca para leer y escribir es el del crecimiento: novelas de aprendizaje o textos más breves que muestran momentos de quiebre o revelación en los personajes", explica durante la entrevista. Y agrega: "En la escritura de mis cuentos exploré esta temática y me di cuenta que iban dejando en evidencia un camino en común: la mirada infantil en contraposición y diálogo con la adulta".
La voz como territorio
—En tus cuentos aparece la tensión entre límites y aprendizajes. ¿Cómo trabajaste esa dinámica en la construcción de personajes?
—Principalmente desde la voz narrativa. Traté de ir probando distintas formas de narrar, que aparezcan las voces de los personajes y su forma de ver el mundo. En el libro, las figuras adultas confrontan y acompañan a su manera a las infantiles, sienten que deben poner límites porque tienen la experiencia, pero siempre hay un punto de fuga, algo que diferencia al protagonista niño de los demás, que tensiona el deber ser con su individualidad, el deseo de crear un camino propio por más difícil que sea.
Esa búsqueda de la voz narrativa lo llevó a explorar registros muy diversos. La reseña de Flor Monfort para la contratapa del libro destaca la "prosa amorosa" de Aszenberg y su capacidad de observación. Sobre la empatía en su escritura, el autor revela una brújula poco frecuente: "lo asocio con la palabra japonesa kokoro (corazón, en el sentido espiritual del término). Es transversal en todos los cuentos. Para poder acercarme a los personajes intenté ponerme en su lugar, escuchar cómo hablarían y rescatar esas frases que los representan. Es lo que motoriza la escritura. Luego está la parte de la corrección para pulir e intentar que el cuento vaya por el camino deseado, pero el desafío es que no se pierda la esencia de lo anterior, la sensibilidad que hace sentir vivo a un texto".
El olvido como materia prima
¿De dónde viene esa sensibilidad? Aszenberg prefiere no anclarla en la biografía, aunque admite que hay rastros. "Es cierto que hay algo de mis experiencias personales en estos cuentos, pero al mismo tiempo no. En este caso, no quise ser fiel a los recuerdos o, en todo caso, intenté buscarlos a través de la imaginación”.
Cita a la escritora Jazmina Barrera: "El olvido de la niñez es gigantesco, nos destierran de la infancia y no podemos volver plenamente ni con el cuerpo ni con la memoria". Para escribir, usó "fotos e imágenes que veía o me venían (no necesariamente de mi propia vida) o frases que me quedaron colgando, fragmentos que me funcionaron como disparadores para reciclar esos flashes y transformarlos en cuentos más libres de las ataduras de lo real".
Diego Aszenberg construye así un arco de lecturas y referencias que funcionan como caja de resonancia de su propia escritura. Menciona desde Mijaíl Bajtín y su teoría sobre las novelas de educación hasta la narrativa argentina contemporánea, con paradas obligadas en Manuel Puig, Liliana Heker, Clarice Lispector y Julio Cortázar.
"Una novela que me gustó mucho cómo trabaja la cosmovisión infantil y el uso de las voces narrativas es La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, con el personaje de Toto, el chico por el que los adultos se preocupan porque no crece", señala. También hay ecos del cuento "La fiesta ajena", de Liliana Heker, que sucede en un cumpleaños, "día que tomé como disparador"; de "Felicidad clandestina", de Clarice Lispector, "que trabaja con la perpetuidad del deseo en la infancia"; y de "Final del juego", de Julio Cortázar, "donde se ve cómo a través de un juego se va produciendo la transición hacia la adolescencia". Además, destaca el cruce con el cine. “Películas como Ladrón de bicicletas, El verano de Kikujiro o Tomboy, entre otras tantas, trabajan con sensibilidades que me dejaron su huella”.
La belleza de lo que duele
—La pérdida y la angustia aparecen en algunos relatos, pero también la belleza y la claridad. ¿Cómo equilibrás esos registros tan distintos?
—Es difícil saberlo. Tal vez la belleza y la claridad conviven con la pérdida y la angustia. Dicen que crecer duele. Pero también hay cierta belleza y claridad en eso. Creo que, dentro de ese contexto, me gusta ir en búsqueda de las revelaciones, ir detrás del misterio, como si cada cuento fuera un haiku, una fotografía de la naturaleza del personaje. De ahí también viene el título del libro.
Esa búsqueda de revelaciones se plasma en personajes infantiles observados por miradas adultas que a menudo resultan severas o sospechosas. "Lo que se espera de los/as hijos/as", sintetiza Aszenberg. "Tanto el padre como la madre buscan influir en las decisiones del protagonista que no parece capaz de aprender ciertas cosas que supuestamente lo harían crecer y, desde el otro lado, cuánto le pesa la mirada de sus padres al protagonista, sobre todo al bordear la adolescencia. Si bien son muy cercanos, cada uno con su personalidad, muchas veces los siente lejos o no se siente comprendido, sobre todo al bordear la adolescencia”. Y agrega: “Trabajé con la potencia narrativa de esa distancia, ese sentimiento de no encajar que también aparece en la forma de relacionarse con sus pares”.
Masculinidades en fuga
—¿Crees que la literatura puede ofrecer una nueva sensibilidad masculina, como sugiere la contratapa del libro?
—Sí. Es una sensibilidad caleidoscópica que se viene trabajando y reformulando. Explorar la vulnerabilidad con la que un chico se enfrenta a los ideales de lo masculino podría ser una puerta de entrada para repensar en qué nos convertimos cuando crecemos.
El libro se inscribe así en una corriente de la narrativa argentina contemporánea que revisita los archivos familiares y las huellas del pasado en el presente. Aszenberg menciona afinidades con los cuentos sobre la infancia de Inés Kreplak en Mirar al sol, la propuesta de Inés Ulanovsky en Las fotos ("la idea de ponerle escritura a las fotos") y el Me acuerdo de Martín Kohan.
Pero también hay en Álbum de crecimiento una dimensión casi artesanal del trabajo con el detalle. "Me gusta ir en busca de esos diamantes preciosos en la literatura. Los llamo 'momentos de quiebre', pero también son ‘momentos de revelación’. Algo que parece mínimo, para el personaje cobra una importancia vital en su rito de iniciación hacia la adolescencia”.
—¿Cómo trabajás el detalle y la observación minuciosa para que se conviertan en "diamantes preciosos" dentro de la narración?
—En los cuentos me gusta más el detalle que lo abstracto porque da particularidad, construye metáfora, abre sentidos. Me refiero a ese detalle/diamante que no está ahí porque sí, que dice algo más de lo que se ve, que el lector puede intuir que allí se esconde algún secreto.
Mentir para decir la verdad
Esa búsqueda del secreto encuentra en lo fantástico un aliado natural. Aszenberg define lo fantástico como "un punto de fuga y a la vez un refugio sobre el que se sostiene la cosmovisión infantil del protagonista en su crecimiento".
"Me gusta la salida hacia lo fantástico, tener esa sensación de que siempre se está queriendo decir algo más que el lector completará o se preguntará luego. La literatura da esas libertades que el mundo real tal vez restringe con su racionalidad”.
Cita una frase de Juan Villoro: "No se escribe para mentir, sino para decir otra clase de verdad". Y recuerda el título de una charla TED de Liliana Bodoc que suele compartir con sus estudiantes: "Mentir para decir la verdad". "Creo que hay un poco de eso en el uso de lo fantástico y lo onírico", concluye.
—¿Qué desafíos encontraste al rematar un cuento y darle cierre sin perder la delicadeza del tono?
—Es difícil cerrar un cuento, encontrar el momento justo. Es cuestión de intuirlo y practicarlo con la escritura. Me gusta dejar finales sugestivos, me inclino por los cierres que generan apertura de sentidos, sin perder el tono que trae la voz narrativa. No creo que haya una fórmula mágica. Hay que confiar en que con trabajo ese remate se puede encontrar. La escritura es un armar y desarmar hasta que sentís que lo diste todo. Eso no implica que vaya a publicarse, pero aprendí que hay que dedicarle tiempo, hay que andar anotando ideas o imágenes, hay que estar atento a los estímulos del mundo. El cierre en algún momento llega. En mi experiencia con este libro, el desafío estuvo en mantener vivo el disfrute y no perder la motivación en el recorrido, como todo viaje.
La puerta abierta
—¿Qué esperas que sienta o piense un lector al terminar tu libro: nostalgia, reflexión, cuestionamiento, ternura?
—Quiero dejar la puerta abierta. Que el/la lector/a sienta y piense lo que quiera y si tiene ganas, que después me cuente.
Esa puerta abierta es quizás la clave de Álbum de crecimiento. Un libro que no ofrece respuestas cerradas sino fragmentos, flashes, momentos de quiebre y revelación. Como esas fotos de infancia que miramos sin saber bien qué estaban sintiendo aquellos niños que fuimos. La literatura, parece decirnos Aszenberg, no viene a llenar esos vacíos sino a habitarlos con dignidad, a convertirlos en territorio de exploración. Y en ese gesto, hay una ética: la de no traicionar el misterio, la de dejarlo brillar.

Álbum de crecimiento / Diego Aszenberg
Nido de Vacas, 2025
Colección Cicatrices/13
110 páginas
Sobre el autor
Diego Aszenberg nació en Buenos Aires, en 1992. Es Licenciado y Profesor en Letras (UBA). Se desempeña como docente en el nivel secundario y tallerista de escritura en Literatura por los aires. Fue reconocido por el Centro Ana Frank Argentina en el concurso literario y de proyectos educativos, publicado por EUDEBA. Participó en la “Ilustranimada” (cátedra de Lenguaje Visual 3, UNLP) con el cuento “Viaje sobre líneas”. Continúa su nutrición literaria en talleres de narrativa y poesía. Álbum de crecimiento (Nido de Vacas, 2025) es su primer libro publicado.
Federico Morales Pfaffer (Buenos Aires, 1989)
Desde joven viene desempeñando distintas funciones en el ámbito de la comunicación. Durante años asistió al taller literario de Luis Mey. Formado en la UNA (Universidad Nacional de las Artes). En 2025, de la mano de Nido de Vacas, publicó su primera novela: Atardece sobre Kiev.


