Un oficio peligroso

El verso que al escribirse y darse a leer preludia una sentencia es quizá el verso que habla de lo innegociable

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Si supiera que voy a morir de forma inminente, ¿qué haría? Tal vez, como en ese cuento de Bradbury, solo tendría una cena normal, la última noche antes del fin del mundo. O me pondría a escribir y contemplar el jardín que ya no puede cuidarse, como Pia Pera.

Audre Lorde se bautizó en una ceremonia africana, cerca de su muerte, luego de catorce años de padecimientos por el cáncer de mama y una vida de lucha y poesía. Nombrar es el primer acto de creación. Ella se renombró Gamba Adisa, que significa Guerrera: la que se hace comprender.

 

Cuando descubrí esto me quedé pensando en esa combinación de palabras por un largo rato. Acaso guerra y comprensión no se podían terminar de acomodar en mi gramática. Pero toda palabra es lo suficientemente polisémica para subvertir un sentido, y abrigar otra combinatoria. Eso también es lo que hace la poesía. “Tiene tantas raíces el árbol de la rabia/que a veces las ramas se quiebran/antes de dar frutos”, dice en Quién dijo que era simple (1973). Este poema evidencia la diferencia en las condiciones de vida y por lo tanto la posibilidad para la militancia entre las mujeres por cuestiones de etnia. De esta manera trae a su época un problema que ya se había visto en durante el sufragismo y que luego se problematizará en las discusiones sobre interseccionalidad. El poema abre, muestra. Es simple y contundente, no necesita explicar: “Sentadas en Nedicks/las mujeres se juntan antes de marchar,/hablan sobre las chicas problemáticas/que contratan para ser libres”.

Lo político es personal, si leemos estos versos. Pero también la poesía es política, siempre y cuando no se quiera quedar en ser adorno. Sigo con Lorde porque en el verano del incendio, solo la poesía y la amistad acompañan la vigilia. En El poder, poema de 1978 se presenta el caso real del asesinato de un niño negro en Nueva York. No es cualquier caso. Un policía mató a un niño negro de diez años. En el texto aparece la historia del hecho y del posterior juicio que liberó al asesino. El poema trae una distinción que me interpela: “La diferencia entre la poesía y la retórica/es estar/preparado para matarte tú mismo/en vez que a tus hijos”.

 

La poesía que no es retórica es un oficio peligroso. Especialmente para las mujeres, las disidencias, las racializadas. El verso que al escribirse y darse a leer preludia una sentencia es quizá el verso que habla de lo innegociable. Ahí se engarza, también, la necesidad básica de una comunicación. O de darse a comprender, guerrera. Hay una mano, un ojo, un oído, una voz. Y el verso que al leerse preludia una sentencia habla igualmente de lo indispensable.

 

 

Bordado nü shu

El caso del nü shu, en China, me llegó por casualidad, mientras intentaba hace unos años planificar una clase de literatura oriental. Cómo llegan ciertas cosas al alcance de mi ojo siempre suele tener un pie apoyado en quién soy en el mundo. Una profesora pluriempleada, de a ratos escribiente, de a ratos consumidora llana de algún contenido alienante. Y en esos trances que hablan de una suerte de huella de carbón de las historias, siempre encuentro algo novedoso. Desordenado, que luego necesito ubicar en un cierto orden de cosas. Como el bautismo de Audre. El nü shu, literalmente “escritura para mujeres” en chino, es un sistema de escritura que hoy existe como fenómeno cultural y se estudia a fin de rescatarlo. Sin embargo, por miles de años fue una forma de comunicación para las mujeres a las que no se les tenía permitido aprender a leer y escribir en chino. La necesidad de crear algo así habla de quiénes eran ellas en el mundo. En un mundo en particular, en cierto momento preciso. Su existencia misma fue secreta hasta 1980, aunque se había creado tres mil años antes. Muchas de las mujeres que lo usaron eran analfabetas. Una lengua secreta para conjurar las tristezas y mantener los lazos con aquellas que vivían lejos. En los bordados se agenciaban mujeres que se negaban al silencio, y en el medio inesperado de una prenda, se enviaban unas a otras consejos, consuelo, pruebas de amistad. También se compusieron poesías y canciones que hablaban sobre experiencias personales. Fue una forma de saltarse el sistema patriarcal. Lo personal es político, cuando hasta la transmisión de una emoción está desalentada. Cuando el orden se sostiene en la obediencia a lo pequeño. Esta rebelión secreta, que incluso tuvo su cariz moralista en la transmisión de consejos para las recién casadas, fue prohibida en su zona de influencia en los años de la Revolución.

 

En la historia de la vida de las mujeres, la escritura de lo íntimo se ha convertido en una declaración política, como refería Kate Millet cuando hizo su elaboración teórica en torno a su famosa frase. Pienso en esos versos que vengo escribiendo casi a contramano de lo que quiero escribir. Porque a veces la poesía ya tiene pensado lo que va a decir. Esos versos que hablan de algo que quisiera nunca decir y que sin embargo sé que no tienen nada de individual. Que se están haciendo eco de otros versos, que están aterrizando desde otras poéticas. Atrás hay una experiencia que no es solo mía. Que es de muchas. Pienso en si vale la pena sumar esos versos al cosmos de la poesía, y al mismo tiempo no logro conjurar la violencia de otra forma. Y no puedo dejar de escribirlos.

 

 

Nadia Anjuman

En Afganistán una duda como esta no tiene cabida. Si retomo la metáfora de guerra, allí la poesía es un territorio por el que se lucha y por el que se muere. Las mujeres ponen en riesgo su vida y se inmolan por dejar versos que hablen de lo que atraviesan. Nadia Anjuman es una de las contadas escritoras afganas que conocemos. Ambas nacimos en 1980, y eso pone en perspectiva mi dilema. Quién soy en el mundo, quién fue ella. Por qué, aunque a la misma edad estábamos escribiendo versos, yo la sobrevivo hace veinte años. El lugar de nacimiento como la primera causa de desigualdad. La primera de una larga lista. Nadia es una excepción, a pesar de todos los obstáculos logró ir a la universidad y publicar un libro de poemas, Flor Ahumada, en 2005, que la hizo conocida en su país y región. Lo logró gracias a los Círculos de costura de Herat, un espacio en el que un profesor de literatura enseñaba para mujeres bajo la tapadera del hilo y la aguja. Poco tiempo después de publicar su libro fue asesinada por su esposo y la familia de este, en un episodio que se quiso disfrazar de suicidio. Su familia consideraba una humillación que una mujer se dedicara a la literatura. Luego de su muerte se hicieron famosos estos versos, que pertenecen a su poema No deseo abrir la boca: “¿Acaso debo hablar de dulzura/cuando es tanta la amargura que siento?/Ay, el festín del opresor/me ha tapado la boca”.

 

Hay otro fenómeno, del que da cuenta Pepa Úbeda en su artículo Las poetas-mártires de Afganistán. Ahí se mencionan las historias de varias poetas que recurrieron al suicidio ante la imposibilidad de seguir escribiendo o como consecuencia de fuertes castigos a su actividad. En el final del texto señala: “La práctica de las poetas afganas de quemarse, vista por ellas como romántica y honorable, es originaria de la India, donde se denomina «suttee», si bien estaba prohibida. Las viudas se lanzaban a la pira funeraria donde se quemaba el cadáver de su marido. El objetivo de muchas poetas afganas era llegar a Kabul para alcanzar la libertad. Desgraciadamente, no llegaba casi ninguna…”.

En Kabul, precisamente, promediando la primera década de nuestro siglo, engarzada a la raíz de la rabia, sabiendo o sin saber de la existencia del nü shu, Ogai Amail creó una sociedad literaria llamada “Mirman Baheer”. Tenían acceso a ella las jóvenes de la ciudad que vivían en una situación de mayor libertad. Las poetas se reunían los sábados a leer lo que escribían. Pero fuera de la ciudad existía una realidad muy diferente. Jóvenes de zonas rurales o pequeños poblados debían mantener su actividad en secreto. Ellas llamaban y dictaban sus poemas por teléfono, y eran compartidos bajo seudónimo.

Principalmente escribían landays, que se traduce como breves. Estos textos son la expresión de un género poético oral practicado por mujeres pastún en Afganistán y Pakistán. La actividad está prohibida y en muchos casos es castigada con la muerte. Los poemas constan de dos versos de nueve y trece sílabas y en ellos se transmiten ideas sobre el amor y la opresión. Suelen tener gran intensidad.

 

Un caso que se hizo conocido del círculo “Mirman Baheer” es el de una poeta de seudónimo Meena Muska. Se hizo llamar así en honor a Rahila Muska, una joven afgana que compartía sus creaciones a través de una radio para mujeres. Rahila se inmoló, prendiéndose fuego, luego de una golpiza que le dieron sus hermanos al descubrir que hacía poesía. Rahila era conocida en la comunidad que escuchaba el programa, su último llamado fue desde el hospital. Luego de su muerte su historia cobró notoriedad. Su poética es directa y trágica: “Eres una piedra./ Un día mirarás y me habré ido”. Meena participaba a la distancia. Como otras mujeres que no residían en la ciudad, llamaba a la fundadora del círculo para dictar sus poemas y compartirlos bajo el seudónimo elegido. Las raíces de su historia se entrecruzan con las del árbol de la rabia. Era autodidacta, ya que no le habían permitido terminar la escuela. Su vida pareció mejorar cuando se prometió en un matrimonio por amor. Pero el novio murió, y por tradición proyectaron para ella un casamiento con el hermano de su prometido. Sus landays se convirtieron en la salida para toda esa impotencia y dolor. Su final, como el de Rahila, es trágico. “Soy como un tulipán del desierto./Moriré antes de ser abierto/y las olas de la brisa del desierto se llevarán mis pétalos”. Los versos son premonitorios, Meena se suicidó dos semanas después de que su cuñada la descubriera transmitiendo los poemas por teléfono y la acusara de hablar con hombres. Eso le valió una golpiza y la destrucción del cuaderno con su obra.

 

When you hit a wall, just kick it in” o “Cuando te topes con un muro simplemente derríbalo”, dijo Patti Smith. Eso puede significar muchas cosas en relación a las mujeres y el arte. A las mujeres y la escritura. A veces derribar ese muro se paga con la propia vida, a veces los poemas nos llegan desde el cautiverio. Porque el revés de estas poetas que hicieron político lo personal, son aquellas que hicieron personal lo político. Desde allí desplegaron una poética que habita hechos históricos y sociales, desde una mirada personal, singular.

 

Ana María Ponce

 

Uno de los cautiverios más cruentos que conocemos en estas latitudes es el de los centros clandestinos de tortura y desaparición de personas de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica. “Detrás de mí,/quedó un mundo/que ya no me pertenece./ Me miro los pies./Están atados./Me miro las manos,/están atadas,/me miro el cuerpo,/está guardado entre paredes,/me miro el alma,/está presa/Me miro simplemente/me miro/y a veces no me reconozco…” dice la parte más oscura de este poema de Ana María Ponce, secuestrada y trasladada a la ESMA en julio de 1977. Cómo llega un poema. De Ana María sólo se conserva una serie escrita en cautiverio. Graciela Daleo, sobreviviente, la rescató y salieron a la luz en una edición del 2004 y luego en otra colección de 2011. Cerca, lejos, el juego de los espejos. “me miro/y a veces no me reconozco…”. Ese poema, que se habla con la poética del horror, termina luminoso: “pero el alma,/ay, el alma,/no puede quedarse así,/la dejo ir, correr,/buscar lo que aún queda de mí misma/hacer un mundo con retazos,/y entonces río,/porque aún puedo sentirme viva”. Paradojalmente esto también tiene que ver con la poética del horror, la luz que emerge del poema de las sombras… como aquellos versos finales del poema de Ho Chi Minhni es tan largo el camino/ni estoy solo”.

 

Mientras escribo esto, en el verano infernal en que se quema el bosque a cuarenta kilómetros de mi casa, y me levanto con el humo en la ventana y el ardor en los ojos, el Comité Internacional de la Cruz Roja cuenta alrededor de ciento treinta conflictos armados en el mundo. Ciento treinta. Sobresale, entre lo imperdonable, el genocidio en Gaza. Ahí, el 20 de octubre de 2023 murió a causa de un bombardeo israelí, la poeta Abu Nada. Tenía 32 años. Uno de sus últimos poemas está fechado unos días antes, y nos llega a través de la traducción de Shadi Rohana. Es un poema que se parece a una plegaria de protección. “Te protejo, te prometo,/con la sonrisa de algún chiquillo/capaz de cambiar la ruta del cohete/antes de que se estrelle”., dice en el final de la primera parte. No necesito volver a la diferencia entre poesía y retórica después de leer este poema, que culmina: “¡Que Dios te proteja, Gaza,/de la llegada de la noche!”. Escribir lo que escriba no me va a costar la vida, lo más triste sería quedarme en el vacío de la retórica. Guerra y comprensión siguen sin acomodarse en mi gramática, pero el poema, sin dejarse explicar, sucede. Y esas voces no dejan de hacer sentir, a pesar de que ya no pueden hablar.

Vuelvo a Audre Lorde, vuelvo a Poder. Pienso también en lo que no puedo evitar escribir. Pero más en lo que no quiero parar de leer: “No he sido capaz de palpar la destrucción dentro de mí./Pero a menos que aprenda a usar/la diferencia entre la poesía y la retórica/mi poder también se corromperá como molde envenenado”.

 

 

Daniela Della Bruna

Es escritora y docente. Ha publicado varios poemarios, entre ellos Suburbio (Raíz Alternativa, 2011) y Caleidoscopio (Remitente Patagonia, 2014), sus últimos trabajos son El día más corto (2021) y Hacia el medio de las cosas (2023), ambos con Halley Ediciones.

Coordina talleres de lectura y escritura, también colabora con distintos medios como crítica literaria y columnista cultural.

 

 

Daniela Della Bruna
Fecha5/5/2026
Tiempo de lectura1 min
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