Samurái

Publicado en el libro "Cuentos sobre las cosas que se pierden" (HomoSapiens, 2025)

Foto de Samurái por Héctor Perrone.

Foto: Héctor Perrone

Se lo explicó a su amigo Juan, al que considera su analista de la vida: Desde que ella no está, se siente un hombre muerto.

Él acaba de cumplir cuarenta años, y como cualquier día, a la hora en que los pájaros realizan los primeros cantos, ya está arriba del colectivo de la línea K. Como cada mañana, encuentra a las mismas personas en los mismos asientos. Observa sus caras. Prefiere viajar de pie, apoyar el peso del cuerpo sobre la pierna derecha, mientras se sostiene con ambas manos en el caño de agarre en el centro del coche, donde está la puerta. Una posición que le permite descansar la pierna izquierda y mirar por la ventana en cada parada, donde esperan las caras que solo conoce de vista, para ocupar los mismos asientos vacíos que ocupan todos los días hasta llenar el colectivo.

Cuando baje tendrá que caminar rengueando por calle Belgrano hasta el supermercado. Marcará tarjeta y repondrá mercaderías en las góndolas durante doce horas. Hace seis años, en su primer día de trabajo, el encargado le dio la bienvenida y le dijo que no iba a trabajar más de diez horas por día. Se lo dijo cuando todavía no rengueaba a causa de la hernia de disco y recién había cerrado su videoclub. Siempre pensó que el ser humano está entrenado para la rutina, un entrenamiento que nace en la mesa de una familia a la hora del almuerzo, o en el aula de una escuela primaria. Lo comprueba en los pasajeros, cada uno en el mismo asiento, casi como una fotografía. Parte de la rutina de él es la sensación de que el ser humano crece y se convierte en zombi para ir al trabajo. Una sensación que no sentía cuando tenía el videoclub, y estudiaba los directores para proyectar en los ciclos de cine de los miércoles a la noche.

El colectivo frena en el semáforo. Balancea el cuerpo sin soltar el caño, como si fuera una katana de samurái. Mira por la ventana los perfiles de la gente que se prepara para cruzar la calle. Ella no está. A pesar de que pasaron seis años desde que lo bloqueó de las redes sociales, cambió el teléfono celular y le devolvió las películas que miraban por las noches, crece a diario en él la sensación de que, si se cruzaran, ella volvería. La busca porque le juró que estaba dispuesto a ofrecer su vida por ella, como un samurái. Un miércoles después de la proyección de una película de Kurosawa, Juan le contó acerca de la ética del samurái. Le dijo que se la conoce como El camino del guerrero o Bushido. Era un código estricto donde el samurái entregaba su vida, bajo juramento de muerte, y para cumplirlo se sabían capaces de morir en cualquier momento. A ella la busca en las paradas de colectivo donde se encontraban. Mientras estaba con ella, él era una persona diferente, más social; casi todas las noches veían una película que llevaba a la casa de ella. Le gustaba escuchar al otro día lo que ella recordaba de la película, verla cortar las frutas que acomodaba en los platos floreados y que comían juntos en el desayuno, con la paciencia de los rituales. También le gustaba acompañarla a la parada del colectivo y verla subir con su guardapolvo azul camino al colegio. Ahora, mientras mira las caras de los pasajeros, piensa que el pibe de lentes de pasta con peinado al costado pudo haber sido un buen cliente de las películas de Ingmar Bergman. Le recomendaría que vea viera Vergüenza. También mira a la chica que se sienta a la derecha del pibe, tiene puesta una remera de un partido universitario de izquierda y un pañuelo feminista. Piensa que a ella le gustarían las películas de Aki Kaurismaki, y que le recomendaría que vea viera La chica de la fábrica de cerillas. En un instante descubre que ya no se acuerda cómo se escriben los nombres de los directores. Tampoco cuál fue la última película que vio. Se agarra la cintura, le duele.

El semáforo da luz verde y el coche arranca. Él piensa en ella.

Cuando se conocieron, ella tenía treinta y cuatro años. Él, solo unos meses menos. Ella caminaba por los mismos lugares del barrio que él, entrenaba en el mismo gimnasio y visitaba los mismos bares, pero él la vio por primera vez en las fotos de Tinder en septiembre de aquel año, apenas abrió la aplicación. Un mes después, hicieron match. El perfil le gustó mucho, sobre todo las fotos en que se la veía en rollers en la costanera y en la que estaba por subir a un colectivo con banderas del Indio Solari.

Ella, por chat de Tinder, le dijo que prefería las actividades al aire libre antes que el cine y la literatura, y a él le pereció una chica sencilla. Él le puso like a dos fotos, no a tres, porque no hay que stalkear, le había dicho Juan. La cosa no fue para nada fácil. Chatearon varios meses sin cruzarse en los lugares comunes del barrio. Luego, ya en la confianza que otorga la exclusividad del paraíso, ella le diría que estaba saliendo con un pibe. Él lo conocía. Como un parásito lo invadió la idea de que era capaz de engañarlo con cualquiera, pero al poco tiempo se le fue de la cabeza.

En el primer encuentro tomaron un café antes del recital de un cantautor que rendía tributos a los veteranos de Malvinas en el Monumento a la Bandera. Las baladas le parecieron aburridas como las que escuchaba en las clases de música de la primaria y recordó la emoción de la seño Alejandra cuando la vio a ella lagrimear con las estrofas alusivas al Río Paraná. Sus cuerpos se buscaron. La acompañó a la casa y se besaron por primera vez. Hay quienes afirman que las despedidas del primer encuentro son un presagio de lo que vendrá, casi como un epígrafe. Tiempo después, ella le diría que aquellos primeros besos los sintió fríos, provenientes de alguien con muchas ataduras interiores. Le confesaría que no le gustaron, que parecía que venían de un témpano. Ella lo alojó porque él era su témpano, que estaba destinado a ser derretido en sus manos.

Sos mi tempanito, te amo, era la sentencia final de ella. Él sintió temor en aquellos momentos, donde todavía no se sabía samurái, pero ciego a las culpas se entregó como nunca a seguir las palabras de Juan, que le dijo:

–Nunca tuviste una vida familiar en tu casa, por eso te cuesta tener una relación. Buscate una chica sencilla, que te quiera. Una piba de barrio. Y así lo había soñado de chico, tener una novia que, además, se pareciera a Michelle Pfeiffer.

Ella fue la primera persona que le dijo que lo amaba. Con ella aprendió a remar en kayak y conoció lugares que nunca imaginó, como las flores de los irupés, en la zona de Bahía Carlota, que se esconde río adentro del Paraná. Con el tiempo los campamentos se hicieron rutina y sintió euforia el día que pudo prender su primera fogata en la isla sin el uso de carbón.

A él no le importaba en los primeros tiempos tener que cerrar el videoclub. Ella soñaba con tener una casa en la isla, con su granja de animales, pero él no se imaginaba viviendo afuera la ciudad. Con la llegada del invierno, abrió el videoclub los fines de semana. Ella siguió yendo sola a la isla, a pesar del frío y los días de lluvia. Los estilos de vida diferentes y los pocos proyectos en común, diría ella al tiempo.

El colectivo se acerca a la esquina, y él se pregunta si habrá cambiado el look del pelo, o la forma de vestirse. De ella solo le quedan unas cuantas imágenes. Lo aterra la posibilidad de verla y no reconocerla. Se pregunta si ella está en algún lugar. Se contesta que quizás está en todos los rincones, escondiéndose de él. Le hubiera gustado que los años hubiesen pasado cargados de cosas, que la vida no se hubiese detenido en fotografías que parecen ir perdiendo los colores.

El bondi frena. Ve por la ventanilla el pelo ondulado que se derrama sobre los hombros de una mujer que espera, en la parada. Tiene puesto un guardapolvo azul. A pesar de que no le ve la cara cree es ella. Con las dos manos agarra el caño justo debajo del botón. Aunque está lejos del trabajo, endereza la cintura y con un movimiento ágil junta las piernas distribuyendo el peso del cuerpo. Ya no siente dolor. Está derecho, en perfecta posición de guerrero. Llena los pulmones de aire y antes de que el coche arranque, aprieta el botón y no lo suelta a pesar de los gritos del chofer.

 

 

 

Ariel Pennisi (1982)

Se desempeña como escritor en el suplemento cultural Mirador Provincial del diario Clarín y El Litoral. Algunos de sus artículos han sido publicados en distintas revistas literarias tanto de Argentina y países latinos como Chile y México.

Sus libros: Maradona me debe un yogur y otros cuentos del Abasto (Azul Francia, 2023) y Cuentos sobre las cosas que se pierden (Homo Sapiens, 2025). Actualmente, trabaja clínica de obra con Lila Gianelloni. Junto a ella participa de la organización del ciclo de lecturas: Un lugar limpio y bien iluminado.

 

 

Ariel Pennisi
Fecha4/10/2026
Tiempo de lectura1 min
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