Osvaldo Gallone ensaya en verso medido la famosa tragedia: la gracia y la ruina de aquel cuyo apodo era “Rengo”. Como bien se sabe, somos deudores helenos y el autor entrevé mediante su labor una respuesta estética a nuestra época que omite los nombres sagrados, que manifiesta gran apego a lo ilusorio, y se refleja en las vidrieras de un trucho centro comercial en que se ha convertido el país: recobrar aquellas historias que encierran en sus interrogantes todo cuanto nos falta. Se puede plorar a cualquier dios, pero lo que acontece no tiene nombre: tal es lo que nos sugiere esta bella versión; a la vez retoma un diálogo con el pasado y lo verídico: aquello objetivo que implica a la deidad, y lo subjetivo que atañe al hombre y su conocimiento precario, que lo conduce al camino equivocado; algún día habrá de ensangrentar el llano el protagonista de la ficción que hoy nos ocupa: hay cosas que no se aprenden dos veces.
En la reina del Plata la idolatría populosa se dibuja en largas filas para adorar y no pensar en recintos donde antaño se proyectaron otras formas de la verdad; alegres cavernas, por ejemplo, sobre la avenida más larga del mundo, en ex cinematógrafos o teatros hoy disertan vendedores de biblias, como el eminente pastor Jiménez, entre otros; es probable que ya no se profese esperanza en los dioses, ni en los ritos antiguos (que incluyen al libro, su lectura, la vaga erudición y doblar cucharas con la mente) pero se los extraña. Non fuyades, desocupados lectores.
Alberto Cisnero
EDIPO:
Estáis aquí, con la mirada hundida,
en postración y unánime desquicio,
y la ciudad entera está invadida
con el aroma de los sacrificios.
Hijos de Cadmo, de inmortal linaje,
¿a qué se debe el llanto y la congoja?
¿Cuál es la injuria, cuál es el ultraje
que en brazos del lamento los arroja?
Edipo soy. La gloria es mi morada,
y si la solución está en mis manos
cualquier dificultad está salvada.
(Al sacerdote que está a su lado):
Dime tú qué le ocurre a los tebanos.
SACERDOTE:
¡Turbión de males cae sobre Tebas!
Un oleaje inclemente que se lleva
mujeres, niños, jóvenes y ancianos
con dolor y quebrantos inhumanos.
La causa que el horror se manifieste
terrible nombre tiene, y es la peste,
un numen que arde en fuego, llamarada
que tiene a la ciudad anonadada.
No eres un dios, Edipo, mas tu nombre
se alza como el primero entre los hombres.
¿Quién más que tú comprendes las mudanzas
del tiempo y sus traidoras asechanzas?
¿Quién más que tú descifras y conoces
los ocultos designios de los dioses?
Ya una vez, sin más armas ni malicia
que tu discernimiento y tu pericia,
salvaste a la ciudad de la emboscada
en que la Esfinge la tenía atrapada.
Sin duda, un dios de proverbial aliento
guió tus pasos en aquel momento.
Por ello es que acudimos, sin consuelo,
a rogarte detengas el flagelo.
Mira a tu pueblo en muerte y sin reposo,
¡sálvanos otra vez, rey portentoso!
EDIPO:
Edipo soy, reitero. En la memoria
del pueblo cimentada está mi gloria.
CORIFEO:
No sé si le es prudente hablar de gloria
al hombre que aún transita por la Historia.
Ignora qué entusiasmo o agonía
le podrá deparar el nuevo día.
EDIPO:
Serenidad os ruego. Ya he enviado
a la mansión de Febo a mi cuñado
a fin de que el oráculo conteste
cuál puede ser la causa de la peste.
SACERDOTE:
Tu decisión alabo. Observa, alteza…
¿no es Creonte ese hombre que regresa?
EDIPO:
Creonte es. ¡Y mira su semblante!
SACERDOTE:
Aliviado lo miro. ¡Está radiante!
EDIPO:
Príncipe, ruego que tu boca aprestes
y nos digas la causa de la peste.
(Entra Creonte).
CREONTE:
¿Aquí mismo o entramos en palacio?
EDIPO:
¡Aquí mismo! Pues, ¿qué mejor espacio
que decirle a este grupo congregado
aquello que el oráculo ha expresado?
CREONTE:
¡Buenas nuevas! Aun para la peste
hay un remedio que la contrarreste.
EDIPO:
Creonte, habla más claro. No termino
de entender tu lenguaje sibilino.
CREONTE:
Claro seré, pues Febo riguroso
me transmitió palabra sin embozo:
la peste tiene a todo el pueblo envuelto
pues aquí ha habido un crimen irresuelto,
la sangre se ha vertido y su vertiente
de todos nuestros males es la fuente.
EDIPO:
¿Y qué muerte ha traído tanto daño?
CREONTE:
Es la de Layo, nuestro rey de antaño.
Y Apolo, para ahogar nuestros dolores,
castigo exige para sus autores.
EDIPO:
¿En qué región habitan? ¿Qué caminos
pueden llevar hasta los asesinos?
CREONTE:
Nada más fácil. Un camino lleva:
el dios dijo que moran aquí, en Tebas.
EDIPO:
Dicho ya está. Y entonces, de tal suerte,
cuéntame cómo Layo halló su muerte.
CREONTE:
Dicen que fue en el cruce de un camino
donde Layo topó con su asesino.
EDIPO:
A encontrarlos los dioses nos animen,
supongo habrá testigos de ese crimen...
CREONTE:
Todos han muerto, Edipo, salvo uno.
EDIPO:
Pues ese solo vale como tantos.
CREONTE:
También puede valer como ninguno.
Hace tiempo que está mudo de espanto.
Sólo dice que no fue brazo aislado
que al rey le dio una muerte de tormento,
sino que fue un tropel enajenado
quien lo condujo a su postrer momento.
EDIPO:
Ya han hecho Apolo y tú lo que he dispuesto.
Es a mí a quien le toca hacer el resto.
Que alguien vaya y reúna al pueblo todo,
yo los exhortaré del mejor modo.
Yo seré el vengador y sin desmayo
encontraré a los que han matado a Layo.
Pues quien mata a un monarca a sangre fría
ultimar a otro rey también podría.
Y si en esta pesquisa me ensimismo
especialmente lo hago por mí mismo.
Sólo le pido a Tebas que resista
y que un benevolente dios me asista.
(Edipo entra en palacio).

Osvaldo Gallone (Buenos Aires, 1959)
Publicó dos libros de poemas, cinco novelas y tres volúmenes de ensayo. Obtuvo, entre otros: Primer Premio en la Convocatoria Nacional Cuentos y Ensayo organizada por San Luis Libro (2010), Primer Premio a la Mejor Novela en la convocatoria realizada por V.S. Editores (2013), Primer Premio del Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet (2014), Primer Premio en la Quinta Edición de Novela Negra “A sangre fría” (Ápeiron Ediciones, 2020). En el curso del año 2023, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le otorgó un reconocimiento por su trayectoria literaria.
Los suscriptores de +Burak tienen descuento en todo el catálogo de Barnacle


