Borges y dos amores contrariados

Estela Canto y Elvira de Alvear

Foto de Borges y dos amores contrariados por undefined.

Pocos escritores tuvieron una vida amorosa tan contrariada como Jorge Luis Borges. La cronología de los hechos cifra dos casamientos en su vida (con Elsa Astete Millán entre los años 1967 y 1970, y con María Kodama desde el 26 de abril de 1986 y hasta la muerte del propio Borges, el 14 de junio del mismo año). Sin embargo, las confesiones personales, los testimonios, la misma literatura del autor y, por qué no decirlo, las anécdotas, los rumores y toda la información formulada por "las generaciones sucesivas”, conservan, desgraciadamente, mucho mejor que algunos de los rasgos felices, los desencuentros amorosos, las tristezas y los pesares experimentados por Borges, a quien alguna vez alguien, y seguramente de manera liviana, caracterizó como "un eterno y desdichado enamorado".

 

La obra de Borges abunda en alusiones, dedicatorias y hasta confesiones personales relacionadas a diferentes mujeres. Algunas, de las que no conoceremos nunca el nombre, perduran en aquel paraíso velado del recuerdo y los olvidos; otras, cobran presencia e imperio en los poemas, los epígrafes y algunos de sus cuentos (¿quién no recuerda a la inolvidable "Ulrica"?)

Las elecciones siempre comportan algo arbitrario. Las dos mujeres mencionadas en este artículo (Estela Canto y Elvira de Alvear) responden a ese antiguo aserto. Quedan para nosotros las interpretaciones y la sobrevivencia imaginaria de estas “musas borgeanas”, imágenes irrecuperables pero maravillosas del deseo y el amor. 

 

Estela Canto y Elvira de Alvear fueron, con pocos años de diferencia (Elvira nació en 1907; Estela en 1915) mujeres absolutamente contrapuestas en muchos aspectos; la cercanía “electiva” entre estos dos seres fue, probablemente, el motivo que produjo en Borges (de manera diferente en la forma, pero idéntica en la sustancia) una intención y una devoción perdurables en el tiempo.

Estela Canto fue una mujer bravía y letrada (su traducción al español de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, es, probablemente, la mejor de todas las realizadas hasta el presente). Desde muy joven, fue, además, una excelente escritora. Su libro “Borges a contraluz” es un excepcional y despiadado testimonio de su relación con Borges. No hay rastros de autocompasión en el libro de Estela Canto; la sinceridad fue un rasgo frecuente en ella, y eso, en una época y un medio en los que muchas veces era preferir disimular, tergiversar o callar. Así, expresa en uno de los párrafos del comienzo de la obra:

“Yo tenía veintiocho años cuando encontré a Borges. Del amor conocía los “arquetipos y los esplendores”, también los desentendimientos, los errores, las fuerzas ciegas que se apoderan a veces de nosotros. En otro nivel, estaba al tanto de sus aspectos más ligeros. Había llevado una vida agitada y me sentía atraída por la aventura. Además, pertenecía a un medio social que no era el de las mujeres que conocía Borges”.

 

Admiró a Borges toda su vida, pero nunca lo amó. En otro de los párrafos del libro expresa:

“Yo era una mujer atrayente. No me pasaba por la cabeza que el amor pudiera tener algo que ver con el matrimonio o el dinero. Me gustaban los hombres libres y con gusto por la aventura, como yo. Naturalmente, casi todos eran extranjeros. Y no siempre libres y aventureros.

La actitud de Borges hacia mí me conmovía. Me gustaba lo que yo era para él, lo que él veía en mí. Sexualmente me era indiferente, ni siquiera me desagradaba”. Las razones de estas últimas consideraciones (nunca sabremos el grado de intimidad que existió entre Canto y Borges) pueden verse dilucidadas por las siguientes palabras:

“Para ciertos místicos, el sexo puede ser un medio de romper las barreras. Para otros, la mayoría de ellos, es un instrumento diabólico. La actitud de Borges hacia el sexo era de terror pánico, como si temiera la revelación que en él podía hallar. Sin embargo, toda su vida fue una lucha por alcanzar esa revelación”.

 

Muy diferente a esta distancia amorosa fue (al menos durante algunos años) la veneración y la pasión experimentadas por Borges en relación a Estela Canto. En una carta fechada presumiblemente en diciembre de 1944, Borges escribe:

Hoy, viernes 18

Querida Estela:

No sé cuándo leerás estas líneas, no sé si estás aquí o en el Uruguay. Creo que este año prescindiré de otras vacaciones que las que me tocaron en Adrogué. Me abruman las tareas: un prólogo para las Novelas Ejemplares, otro para el Paradise Lost, otro para un libro de Emerson, un cuento para un libro mío, antológico, que ilustrará Elizabeth Wrede, la lectura (nominal) de cuatro volúmenes para el Premio Nacional de Filosofía, la de otras tantas piezas de teatro para un certamen, la innumerable redacción de solapas, noticias y contratapas.

Nunca, Estela, me he sentido más cerca de ti; te imagino y te pienso continuamente, pero siempre de espaldas o de perfil. Fuera de los Bioy no veo a nadie. Te deseo mucha felicidad.

Georgie

 

La relación amistosa entre Canto y Borges sobrevivió a las tormentas del amor y las distancias. Borges dedicó a Estela el cuento “El Aleph”; probablemente haya sido ella la mujer que inspiró el poema “1964”.

 

Elvira de Alvear (cuyo nombre completo fue María Elvira de Alvear Cambaceres) nació en Buenos Aires y fue, durante algún tiempo, una de las mujeres más ricas de la Argentina. Existen pocas fotografías de ella; no importa: Borges la perpetuaría en un poema, “Elvira de Alvear”, en el que la alusión amorosa constituye el camino para inmortalizar el afecto y su presencia.

La vida de Elvira de Alvear fue el símbolo de un derrumbe, y en él, es probable que Borges haya vislumbrado “todos los derrumbes”. El amor velado y callado del poeta asistió a casi todas las etapas de la existencia de “su musa” y, sin lugar a dudas, a su dramático y solitario final, en las garras de la locura, a los cincuenta y dos años.

Elvira, en quien algunos exégetas han columbrado la sombra de la Beatriz Viterbo del cuento “El Aleph”, deambuló, en el ocaso de su vida, por las estrechas habitaciones de un pequeño departamento en el barrio de San Telmo. Muy lejos habían quedado su antiguo palacio parisino (en el que Pablo Neruda paseaba su juventud de trasandino irreverente bajo la mirada divertida de Alejo Carpentier) y una servidumbre al uso versallesco, abolidos por una ruina estrepitosa que solo dejó en pie el tremendo prestigio de un nombre y una situación mundana en las fronteras de la leyenda. Durante las regulares visitas de Borges, una campana de plata acompaña a Elvira en sus reclamos solitarios a los fantasmales sirvientes; de la antigua belleza solo quedan vestigios; cultiva crisantemos en los pocos jarrones sobrevivientes y toma té de Ceilán. Al igual que las antiguas damas que en el enorme ciclo proustiano recorren los senderos perdidos de su propia juventud, Elvira garabatea, en los últimos años de su vida una novela inconclusa que al comienzo es un conjunto de trazos apenas legibles y, al final, formas grotescas y desdibujadas. Borges acompaña pacientemente cada uno de estos gestos náufragos. Al fin y al cabo, él también está solo, aislado en la “terca neblina luminosa” de su ceguera progresiva. 

 

Una antigua leyenda eslava postula que los seres amados moran en un inabarcable anfiteatro ubicado en el centro de nuestra alma. El grado de amor que cada uno de ellos propició en nuestra carne y en nuestro espíritu, es el que decide la ubicación y la altura de cada uno de los moradores. Es muy probable entonces que Estela Canto y Elvira de Alvear, huesos y cenizas ahora, en el transcurso de la experiencia, observen desde una de las gradas cercanas la sonrisa siempre agradecida y beatífica de su tan querido “Georgie”.

 

 

Juan Basterra

Nació en La Plata, Buenos Aires. Es profesor de Biología. Publicó Tata Dios (2018) y El amor y la peste (2019), novelas históricas que se convirtieron en muy poco tiempo en éxitos literarios. Ambas editadas por Bärenhaus.
Su novela La cabeza de Ramírez fue seleccionada para la Antología bilingüe español-inglés 12 narradores argentinos 2016-2017, editada por el Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Vivió en París y Barcelona. Actualmente reside en Resistencia, Chaco.

 

 

Juan Basterra
Fecha1/2/2026
Tiempo de lectura1 min
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