A veces sudo los nombres de aquellos hombres que amé

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La noche se ha vuelto pájaro. Entre sus venas habita el fulgor de un nuevo día. Cada vez que miro de lado, se me caen las ideas. Necesito quedarme quieta, sin pena de muerte. A veces sudo los nombres de aquellos hombres que amé. Y las victorias que he tenido se van incrustando en la punta de mis dientes. Ya no soy la que fui. Desaparezco —lentamente— entre las páginas del viento. Me invento historias que jamás serán contadas. Me diluyo, como la saliva, entre los jugos del olvido. Que nadie diga mi nombre ya. Que la nada me mire —de frente— con sus ojos de lechuza; y el vacío me penetre hasta que sus gemidos escapen de mi boca. Rasgándolo todo. La noche me ha devorado, entera. Me arrancó las dos alas y se puso a volar.

 

 

Ayer nos anudábamos como amantes. Me hacías rendirme ante los pies de tu belleza. Atabas tus manos a mi norte. Me provocabas, y yo, me ponía a temblar como un animal herido. Crecían las horas entre tus piernas de humo. Me decías que me querías y el mundo se abría como un libro. Paseabas tu boca entre mis renglones, demorándote. Dejabas tu rastro, tus aromas. Me llenabas de pasto, de semillas. Me leías la poesía de los rebeldes. Me apoyabas contra el blanco muro. Me subías la falda y las ganas. Me metías palabras de amor entre los poros. Me calcabas sobre las sombras. Me mirabas, con gula y hambre. Me arrancabas la ropa, los miedos, y me salpicabas de ti. Me hacías completamente de tu sexo, sin pedir permiso alguno. Y yo: me derretía. Te quitaba las plumas y el óxido. Te observaba tendido —bajo el ventanal— que miraba el caos de una ciudad mientras nos fundíamos entre caricias y orgasmos. Nos mordíamos las bocas hasta desangrarnos de amor.

 

 

Un ser que deambula por las calles del vacío. El cuerpo se te ha partido por la mitad, como un fruto prohibido. Los roedores huelen tus carnes. El aliento se te llena de avispas. Las heridas te laten como pequeños corazones de codorniz. Alguien podría cocinar tus entrañas. Nadie querrá caminar por tus arterias pues son de fuego. El dolor las ha increpado. El asco y la rabia te miran, charlan de cosas banales contigo. Te descamas como los reptiles. Te arrastras por la tierra buscando aquellos rastros de ti. Se te mete el polvo hasta la garganta. Te atragantas y toses. Recuerdas tiempos mejores. Las avenidas por donde paseaba la vida. Las mujeres que se te abrían como abanicos. Los labios, humeantes. Las lenguas que pronunciaban tu nombre.

 

 

Xandra Orive

Diecisiete puestas en escena como dramaturga, editada por Amarillo Editores, con el poemario erótico + fotografía erótica: De cal, camas & viento. La obra posdramática Los Ausentes fue introducida en la revista de teatro Tramoya de la Universidad Veracruzana. Seleccionada como una de las nuevas voces de la poesía latina, revista Letralia. 

 

 

Xandra Orive
Fecha4/10/2026
Tiempo de lectura1 min
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Publicado en el libro "Cuentos sobre las cosas que se pierden" (HomoSapiens, 2025)