El pasado mes de septiembre, y de la mano de la editorial Nido de Vacas, llegó a las librerías el nuevo libro de Mauricio Koch, Un arte de la microscopía, un autor cuya voz nos invita a trazar un paréntesis en medio de la vorágine cotidiana. En diálogo con Burak, Koch aborda la actualidad de la literatura en tiempos donde el algoritmo es lo que prevalece.
Atravesamos un presente de lecturas efímeras, en donde muchas veces la cantidad se impone por sobre la calidad. Dicho esto, ¿es posible pensar a Un arte de la microscopía como un exhorto a cruzar de vereda?
En la dinámica de redes se impone la cantidad, gana el que más libros lee. Hay un exhibicionismo y un evidente esfuerzo por mostrar que uno ha leído muchos libros, no importa de qué manera, lo que importa es que haya una pila para mostrar a fin de mes. Entiendo que eso es bueno para la circulación y venta de libros, pero nadie parece preguntarse demasiado cómo se lee o qué se hace con eso que uno ha leído. Adónde va a parar toda esa información. Un lector se hace de múltiples lecturas, pero también de pausas para reflexionar y poner en contexto, la lectura es una operación compleja que involucra toda la experiencia, no solo el texto que tenemos enfrente. Uno lee y recuerda otros textos y otras experiencias, especula, establece asociaciones, compara, contrasta, pone en tensión sus ideas con las del autor, las del autor con las de otros autores y así. Eso requiere de mucha energía y tiempo, sobre todo tiempo de calidad. No se puede correr carreras al leer, y, además, ¿por qué hacerlo? Leer tiene que ser (al menos yo intento que para mí lo sea) una actividad a contrapelo de las demás, una pausa, una forma de resistencia a la locura cotidiana. Me da la impresión de que esa forma de leer a las apuradas le quita densidad y mucho del placer gratuito y hedónico que tuvo siempre la lectura. Yo no quiero que leer sea una obligación ni una actividad fordista. A veces, es cierto, hay que leer (y escribir) apurado porque la coyuntura lo exige, uno tiene la necesidad de salir a decir algo y no hay tiempo que perder. Pero después hay que replegarse y volver a la pausa. Y a la relectura.
Uno de los grandes legados de Piglia (su método de acercamiento al hecho literario) sobrevuela algunos de los textos que componen el libro. ¿Creés que en la tradición argentina ya es oportuno hablar de pigliaismo?
En la respuesta a la pregunta anterior no lo nombré a Piglia, pero está implícito. De todas las razones por las que lo admiro, la más importante es su manera de leer. Una manera muy vinculada al formalismo ruso, pero que él supo reinventar y actualizar. Creo que él, más que nadie, me hizo reflexionar sobre el sentido de la palabra lector, y sobre la dimensión y el alcance que puede tener un gran lector. Es fascinante ver las operaciones que Piglia hace con los textos, el modo que tiene de hacernos pensar la historia social y política a través de las ficciones, el modo en que lee nuestra tradición e interviene en ella con sus propias ficciones, la síntesis entre Arlt y Borges que hace. Lo que llamaríamos una lectura productiva. Piglia, quizás como ningún otro en nuestro país, nos permite ver en su obra escrita cómo ha metabolizado sus lecturas y como la lectura produce nuevos textos y es, sobre todo, una experiencia intensa y profundamente vital que vale la pena transitar.
A lo largo de distintos pasajes, te preguntás por el vínculo entre el escritor y su herramienta de trabajo (el lenguaje). ¿Cómo te vinculás con la explosión de neologismos, muy fogoneada por las redes sociales y esta suerte de posglobalización en la que vivimos?
Algunos me parecen francamente espantosos, no solo por la ideología que vehiculizan sino por la estructura morfológica en sí. Son palabras feas de ver y de escuchar, no me gustan su sonido ni su forma. Entiendo que son parte de una generación a la que no pertenezco (me entero del significado de muchas de estas palabras gracias a mi hija de trece años), pero no es eso lo que me molesta sino la unificación del habla, la pérdida de riqueza y de matices, la cantidad de expresiones que caen en el olvido porque sí o sí hay que hablar esta neolengua para no quedar afuera. Lo que los escritores podemos hacer con eso es ponerlo en evidencia, reírnos, satirizarlo, usarlo como combustible para nuestras ficciones.

A partir de tu experiencia como alumno y ahora como tallerista, ¿qué pensás acerca de la sobreabundancia de espacios dedicados al ‘arte de narrar’? ¿Te entusiasma o lo mirás con escepticismo? En un sistema que permanentemente nos vende el eslogan «Si te lo proponés, podés conseguir lo que quieras», ¿en verdad cualquiera puede escribir, escribir literatura?
Es una pregunta amplia y quisiera responder con cuidado. Yo soy un gran defensor de los talleres de escritura, no solo porque me formé en uno sino porque creo que son parte indiscutible de nuestra tradición, han sido una forma de resistencia en momentos difíciles del país y un semillero de escritores que hoy todos leemos con interés. Sabemos que Samanta Schweblin y Selva Almada, pasando por Pablo Ramos o Guillermo Martínez y tantos otros han escrito sus primeros libros en talleres y hoy muchos de ellos se dedican a coordinarlos y a seguir formando nuevas generaciones de escritores. Es decir, los talleres son espacios que bien coordinados pueden dar grandes y buenos frutos, y cuando hablo de tradición me refiero a ese tipo de escritor muy argentino, muy latinoamericano, autodidacta, que aprende a escribir mientras trabaja ocho horas como repositor de supermercado o en un taller metalúrgico y lee mientras viaja en tren y en colectivo y que no pudo ir a la universidad pero se junta una vez a la semana con otros como él a leer y a discutir la forma de un cuento o de un poema. Esos lugares para mí son un tesoro inapreciable y les debo todo.
Esto no quita que hoy haya una saturación y se ha desvirtuado mucho del concepto original. Hay mucho taller de recetas, mucha propuesta orientada a escribir como quien se saca un trámite de encima. Y eso, para el chico o la chica que están empezando puede resultar un tanto angustiante y desalentador, más un barullo y una pérdida de tiempo que una verdadera guía. Esto también se mezcla con la necesidad de trabajar, de generar ingresos, la gente no llega fin de mes y trata de hacer lo que puede con lo que tiene. No voy a ser yo el que critique eso. Lo que sí me gustaría es decir que mi confianza está en los espacios que acompañan a largo plazo, que no se dedican a dar recetas ni mucho menos tips (ahí tenemos una de esas palabras horribles, de significado peor) sino que promueven el compromiso, la búsqueda, la lectura paciente y la escritura como camino, como una forma de vivir, de estar y de participar en el mundo.
Por último, me gustaría que nos cuentes cuál fue el último libro que terminaste de leer y qué estás leyendo actualmente.
Leí dos libros de Yiyun Li, una escritora china que vive en Estados Unidos, publicados por la editorial Chai: Querida amiga, desde mi vida te escribo a tu vida y En la naturaleza las cosas crecen. Me parecieron francamente descomunales, sobre todo el segundo. La autora ha tenido una vida muy trágica y ha sabido hacer con eso algo memorable. Ella fue mi mayor descubrimiento de los últimos meses. Y ahora estoy leyendo El sur, de Tash Aw, un escritor taiwanés.
Sobre el autor
Mauricio Koch nació en Villa Ballester, Buenos Aires, en 1974, pero pasó su infancia y juventud en Hernández, Entre Ríos. En 2013, su libro de cuentos El lugar de las despedidas (La Parte Maldita) recibió el 2° Premio en el Concurso Nacional de Narrativa Eugenio Cambaceres, organizado por la Biblioteca Nacional. En 2016, publicó Cuadernos de crianza (Paidós), un diario íntimo inspirado en los primeros años de su hija, Gretel. Luego publicó Los silencios (Conejos, 2017), su primera novela y Baltasar contra el olvido (Obloshka, 2020) que obtuvo una Mención especial en los Premios Nacionales período 2017/20. Es corrector de textos, escribe columnas para diversos medios nacionales y coordina talleres de lectura y escritura grupales e individuales.
Federico Morales Pfaffer (Buenos Aires, 1989)
Desde joven viene desempeñando distintas funciones en el ámbito de la comunicación. Durante años asistió al taller literario de Luis Mey. Formado en la UNA (Universidad Nacional de las Artes). En 2025, de la mano de Nido de Vacas, publicó su primera novela: Atardece sobre Kiev.


